(eternízate)
(Padre Eterno, 1731-40; Francisco de Zurbarán).No nena, este post no legitima frente a los familiares tu “derecho” a envejecer en la toillete, ni aboga porque tu novio se agite y esmere hasta que se le duerma la lengua y acalambren los párpados, va muy en otra dirección.
Puede ser que les suene un tal Bioy Casares, conociéndolos, capaz que no ni, por lo tanto (o por lo tontos), “la Invención de Muriel”. A grandes rasgos, el relato trata sobre un tal Muriel que inventa un artefacto capaz de “recrear” (de crear de nuevo, no de hacerlo pasar pipa) personas, ¿cómo?, reproduciendo sus manifestaciones sensibles: aspecto, olor… obteniendo como resultado un clon imperecedero del original (sí, un poco zarpado el amigo Bioy, pero qué esperaban de un relato de ficción).
Lo que me interesa ahora reseñar son las implicaciones de dicho clon: una suerte de pervivencia estética del sujeto que de esta forma alcanzaría la inmortalidad para los demás pero no para sí mismo, como ser sentido, mas nunca sensible. Existencia absurda, equiparable a la no-existencia que ejercemos cuando otro nos da protagonismo dentro de algún relato o anécdota de la que, en honor a la verdad, nunca fuimos partícipes ("¿te acuerdas de aquella vez en casa de Merche...?", y no te acuerdas porque no estabas en casa de Merche).
Se plantea en el texto de Casares, o yo creo recordar que se plantea, o me planteé yo, o quizá sólo recién caigo en la cuenta de ello, si la suma de estas manifestaciones pudiera dar lugar a la existencia “verdadera”.
A falta de un Descartes olfativo (huelo, luego existo y, más allá, cabría pensar en tomar una ducha), dejemos esta cuestión en suspenso y, no contentos con eso, planteemos otras nuevas, sólo por armar barullo.
Luego de llegar virgen a los 30, fallecer (estirar la pata) es a lo que más tememos (incluso más que a la reprimenda materna o el consejo paterno). Cuán desmesurado no será nuestro escepticismo que llevados de él optamos, frente al riesgo de morir sin más y del todo, por la inacción, que no es parálisis causada por terror alguno (ésa, de acometernos, sobreviene en el momento último, si se da en circunstancias trágicas).
Yo, que soy como todos vosotros, postmoderno (últimamente he oído hablar del hombre transpostmoderno, ¡cualquiera!, que se hace presente al ser invocado tres veces frente al espejo), padezco del mismo escepticismo, no obstante, he hallado el modo de hacerlo compatible con mi proyecto de inmortalidad.
Formas de eternizarse que no precisan fe, o precisan muy poca:
1. Inmortalidad biológica:
Que se alcanza mediante la procreación. Habiendo mayores posibilidades de éxito cuanto más y mejor se procrea. Consistiría, básicamente, en procrear: fuera o dentro del matrimonio, fuera o dentro del continente, con personas de la misma o distinta raza… Con congéneres (léase, personas del mismo género) y seres de otra especie está demostrado CIEN-TÍ-FI-CA-MEN-TE que no resulta, eso sí, sólo en sentido biológico. De cualquier manera, dado que todo ayuntamiento conlleva cierto grado de trascendencia pues significa unión, lo Uno, lo Divino… (Plotino, ¿recuerdan?)... ¡prueben!
2. Inmortalidad por repercusión:
Y encontramos mil y una formas de repercutir. Así, siendo cristianos practicantes, si alcanzamos el gobierno del país, disputamos una partida al GO con el Dalai Lama donde, fruto de alguna jugada, surge el conflicto que nos llevará, como medida de represalia, a “volar” la cordillera del Himalaya, accedemos a la inmortalidad por repercusión social, debido al genocidio; deportiva, por el encuentro de GO disputado con, nada menos, el Dalai; política, por el conflicto internacional; religiosa, por el sacrilegio que comporta “volar” el Tibet, Lama inclusive y puede que artística, si inmortalizamos en una secuencia de imágenes fotográficas en sepia el momento en el que la cordillera se va a la mierrrrrda.
3. Inmortalidad espiritual:
Inaccesible por nuestro obcecado escepticismo pero siempre posible, en espera de que veamos la luz.
4. Inmortalidad sensible:
Haciendo, como en el relato, que nuestras manifestaciones sensibles sean, a su vez, eternas. Conservando nuestro aspecto en imágenes de video, la remera con que jugamos la final del torneo de barrio (olor), nuestra voz en alguna grabación…
5. Inmortalidad física:
Exhalado el último aliento, ordenando que conserven nuestro cuerpo incorrupto en alcohol.
Pd. Harina de otro costal, y reflexión que se escapa a las pretensiones de este post, es dilucidar si un ser capaz de semejantes atrocidades merece apenas un segundo más de vida.


