No crean que me dispongo a tratar una cuestión baladí sólo porque el título tenga algo de ortogonal, dejemos esa apreciación para estudiantes de primaria que se intoxican por mascar lápices de madera. Lo que me traigo entre manos es un asunto de la más estricta relevancia y de trascendencia universal, exceptuando ciertas islas no habitadas por el ser humano, tipo Las galápagos e islas propiedad privada de famosos, donde tampoco se han hallado indicios de vida inteligente, de inteligencia superior a la de los galápagos, se entiende.
Podría ser planteada la cuestión de esta forma. Supongamos para la ilustración adjunta dos hipótesis:
1) Ha sido realizada por una prima mía, licenciada en Bellas Artes por la universidad de Sevilla dentro de la especialidad “técnica del dibujo en miniatura para exposición en blogs”, con un máster en “ilustración liliputiense” y doctora en “reproducción de motivos diminutos, sólo un poco mayores que el neutrino”. Supongámosla en plenas facultades físicas y mentales durante la ejecución de dicha obra maestra, en inmejorable predisposición espiritual, con el viento y el sol a la espalda, los dioses propicios, los astros alineados en forma de sonrisa Vital Dent y, puestos a suponer, supongamos que es desasosegadoramente (a ver quién lo repite tres veces) bella y, no obstante, me ama.
2) Ha sido pergeñada por un ciego manco y daltónico empleando… alguna parte original de su cuerpo a modo de dedos prensiles, con nocturnidad y alevosía.
Ahora dejen de fantasear con mi prima y céntrense en el conflicto valorativo en torno a la ilustración que se viene encima.
En cierto universo paralelo, en el que estuve de visita no hace tanto, alguien planteó la misma cuestión y en, poco más o menos, los mismos términos. Se originó un debate enconado que dio lugar a refriegas virtuales con sus respectivos muertos. El problema trascendió primero a los medios de comunicación y, con el tiempo, hubo de ser trasladado al congreso. Con discrepancias y abstenciones se llegó a la conclusión de que la justa valoración de la obra pasaba por considerar los obstáculos o dificultades a los que tenía que enfrentarse su autor.
Así las cosas no faltó el oportunista de turno que, amparándose en dicha resolución, amasó una fortuna vendiendo a precio de oro cuadros que decía haber pintado “con gafas para cuatro dioptrías sin ser miope, con una mano atada a la espalda y el hijo a cabichocho” (palabras textuales), siendo incierto, como se demostró posteriormente, que llevase, tal y como quiso hacernos creer, el hijo a “cabichocho”. El escándalo fue “morrocotudo” (palabras textuales mías) y, de nuevo reunido el congreso en plenum, salvo el 99% de congresistas que tomaban café en el bar de enfrente, se apostó por crear una policía artística que operaría las 24 horas del día, sin descanso para el donuts, controlando y certificando que cada artista ejecutaba su obra tal y como luego confesaba haberla ejecutado. Como cabía esperar, muchos policías fueron corrompidos y, andando el tiempo, se hizo imprescindible la creación de un cuerpo de notarios de la policía artística que dieran fe de que, efectivamente, la policía artística obligaba a los artistas a describir el verdadero proceso a través del cuál producían sus creaciones.
He seguido con decreciente interés, debido a la subida del Dow Jones, éste suceso, extrayendo del mismo una conclusión teórica que les habrá de aprovechar si es que saben ser aprovechados.
Existen dos vías no excluyentes, sino complementarias, para valorar una producción artística. La primera, que podríamos denominar “escrotal”, o del escroto, no fundamenta su juicio en ninguna razón posterior ni conocimiento previo, si no en la impresión inmediata que produce la contemplación (o forma de captación que fuere). En esta primera vía influyen de forma determinante las circunstancias externas y/o internas, físicas y/o psíquicas a que nos vemos sometidos en el preciso instante de la experiencia sensitiva (nuestro inconsciente jugará un papel fundamental). La segunda vía basa su análisis en la razón operando sobre nuestros conocimientos, “prejuicios”, acerca de cualquier cosa que pueda relacionarse con lo que nos disponemos a juzgar. Es una apreciación intelectiva y, si bien no se ve libre de factores exógenos que puedan alterarla, se caracteriza por emitir un juicio frío y calculado, como es fría y calculadora la diosa Razón.
Dicho todo lo cuál, quiero hacer notar a todos los ciegos que pudieran leer estas líneas, y con más razón a los mancos, la tremenda bronca que acomete a cualquier persona “capacitada” cuando frente a ella se exhibe un trabajo, de cualquier índole, elaborado por un artista con el orto que no sería capaz de igualar a pesar de todas sus manos, todos sus pies y todos sus ojos. Avisados quedan.
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